Misión Educativa: Autoridad, Colaboración y Vocación


FECHA: Agosto 3, 2015, 1:00 pm

El miércoles 29 se llevó a cabo el desayuno anual del Jubilar, una jornada para reflexionar acerca de la educación

A las 8.30 de la mañana el Auditórium del World Trade Center estaba repleto de asistentes para participar de este evento anual que ya es tradición en el Jubilar. Se acercaron amigos, colaboradores, padrinos y gente cercana al liceo. La primera media hora fue de encuentros mientras se compartía un delicioso desayuno en el hall. Ya sobre las 9 pasamos al auditorio, para escuchar a los magníficos oradores, que nos dejarían pensando por el resto de la semana.

Ricardo Villalba, el director del Jubilar, estuvo a cargo de la apertura, realizando una breve introducción de los disertantes y señalando la importancia que tiene la educación en nuestro país.

La primera charla estuvo a cargo de Juan Martín Fernández, un joven economista de apenas 29 años, que sorprendió por su carisma. Con gran energía Juan Martín, que además es profesor de matemáticas en el Liceo Don Bosco del barrio Marconi, estudiante de magisterio e impulsor de una organización llamada Enseña Uruguay, demostró ser un verdadero apasionado del rubro educación.

¿Qué irá a decir este chico?”, planteó al principio, con humor, poniéndose en el lugar del público. Lo que siguió fue un cuestionamiento acerca del duro panorama actual de la educación en nuestro país. Como estudiante egresado de una escuela rural, Juan Martín tomó su propio ejemplo, de haber sido el único en la historia de dicha escuela en llegar a la universidad. Al contrario de tomar el dato como un acto heroico de su parte, planteó lo preocupante de la estadística. Y de otros datos, como el que apenas un tercio de los estudiantes actuales logran completar secundaria. “El futuro ya llegó”, afirmó el joven economista, que concluyó que la solidaridad es la vía del cambio, y que “hay que rodear a los educadores de colaboración”. Se ganó los aplausos de todos los presentes.

A Juan Martín lo siguió el psicólogo Alejandro De Barbieri, un amigo, permanente colaborador de la casa y verdadero fenómeno de la oración. Con su mezcla de perspicacia, humor y agudeza de pensamiento captó rápidamente la atención de todo el público. Alejandro sustituyó a último momento a Facundo Ponce de León, que no se pudo hacer presente por cuestiones de salud.

Director del Centro de Logoterapia y Análisis Existencial y autor de éxitos editoriales como Educar sin Culpa, desde su original perspectiva hizo foco en claves de la enseñanza, como la autoridad (“es ayudar a crecer”), y dejó varias frases con su sello, siempre sobre temas candentes relativos a la educación: “¿Qué nos pasó que exigencia es mala palabra?”, o “tráumalo antes que lo traume Tinelli”. De acuerdo a Alejandro, enseñar quiere decir “contagiar entusiasmo, oxigenar, inspirar, con Dios adentro”.

Después del reconocimiento del público para con el psicólogo, llegó el turno del médico Julio Decaro, una verdadera eminencia del saber en múltiples áreas, con varias conferencias en Harvard a cuestas además de libros como El día que desperté dos veces en su haber.

Los presentes tuvimos el privilegio de escuchar a Decaro, que indicó que a la hora de analizar la educación, su pensamiento pasa por preguntarse qué quiere para sus nietos. Por eso para él la enseñanza es indivisible de la búsqueda de la felicidad, eso que en el fondo es lo que todos queremos. Fue así que cuestionó esa continua búsqueda de la perfección que se da en la sociedad contemporánea, esa que hace que “la mayoría de la gente esté agobiada”.

Llegamos a la luna pero no liberamos a la humanidad de sus miserias”, dijo Julio, que considera que “la verdadera revolución es la de la mente” y que es vital “reducir esa continua representación de personajes, en la que nos vemos sumisos”.

Sobre el final de su apasionado pero calmo discurso, Decaro resumió lo que quiere para sus nietos: que les pongan límites, que se auto descubran, que tengan conocimiento académico, pero en primer lugar, que agradezcan por haber nacido y por ende ser hijos amados de Dios.  

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