Agarrarle la mano


FECHA: Agosto 27, 2014, 6:21 am

Jennifer Sasson, una de las voluntarias a cargo, nos cuenta de la experiencia de los talleres de lectura

Hace tres años que Jennifer es una de las responsables de ayudar a aquellos chicos que tienen dificultades para leer. “Somos entre seis y siete voluntarias que vamos los martes y jueves de tarde (de 14 a 16 hs) y les damos una mano a estos alumnos a los que les cuesta la lectura”, cuenta. Los estudiantes, en su gran mayoría de 1er año, llegan al taller por derivación de las psicopedagogas, quienes comprueban en las pruebas de diciembre que su nivel lector está desfasado en relación al que deberían tener. Ellas inclusive pueden definir que en algún caso específico continúen participando del mismo una vez arrancado 2º.

“Este año empezamos con veintisiete alumnos, pero a esta altura tenemos veinticuatro, ya que tres fueron dados de alta”, especifica Jennifer, para luego pasar a explicar cómo ponen en práctica el método de enseñanza: “Funcionamos repartidas en tres grupos de 40 minutos, compuestos por de entre ocho a diez chicos. La idea es trabajar uno con uno, es decir de una forma lo más individualizada posible. Esto es fundamental ya que priorizamos el vínculo, al estar convencidas de que la confianza personal que así se genera, mejora el rendimiento”.

Una vez que arriban al taller por primera vez las voluntarias les explican porque se ha determinado que estén ahí, “que es algo natural”, como dice Jennifer; y desde entonces arrancan con la lectura, siempre en voz alta.  Misterio en el Cabo Polonio, de la autora Helen Velando, es el libro con el que trabajan en un primer término. A través de la lectura frecuente y el pasar de los capítulos se procura que los chicos tiendan a familiarizarse con el libro en sí, y en caso de que lleguen a terminarlo, puedan pasar a otro más complejo. “La mayoría de las veces no están acostumbrados a leer más que las redes sociales, así que es terminar de leer un libro significa una gran satisfacción”, considera.

Es que de acuerdo a esta ex docente de inglés, los alumnos suelen llegar al taller con un déficit muy grande de vocabulario, producto en buena parte, de la carencia del hábito de la lectura. “Por lo general el vocabulario suele ser limitado así que trabajamos con un diccionario de sinónimos y los hacemos buscar otras palabras, ver si a ellos se les ocurren”, explica.

Uno de los sistemas que utilizan las voluntarias es el que se denomina de “palabras flash”. Consiste en anotar en un papel aquellas palabras que les cuesta decodificar. “Las anotamos en una hojita y la van silabeando, practicando, una vez que la llegan a leer de una, se rompe la hojita”, describe Jennifer, para terminar subrayando que la base del aprendizaje, más allá de reglas gramaticales y de ortografía, radica en el vínculo, “en el que ellos se sientan acompañados”. 

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